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Cartas -03 Verónica Boletta

La carta que no escribí en la fecha señalada dice, más o menos, así:

MasticadoresVenezuela&Colombia Editor: Jerónimo Alayón

La primer carta aparecida de Verónica Boletta pueden consultarla em Link, hoy publicamos la última _el editor.

La Plata, 3 de abril de 2018

De mi mayor consideración:

Quería hablar con vos. Digo quería como quien dice quise. Estuve barruntando la idea todo el día. El trabajo arrasó con mi tiempo. Una reunión sucedió a otra. El teléfono no dejó de sonar. Todas las aplicaciones notificaban sus urgencias. El día se pasó volando. Mi ánimo ensombreció. Pensé en llamarte. Quizás hubiese sido lo mejor. Al menos no me hubiese sentido el cobarde que huye tras una nota. Así soy. Un defecto más de los muchos que me conoces; otra flaqueza que manche a este tigre, ¿qué más da? «Quise hablar con vos» equivale a tengo algo que decirte. Lo diré más allá de tus opiniones. Te escribo para exponer mi punto con todo el egoísmo del que soy capaz…

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Perro Viejo by Verónica Boletta

Pasan los años. No hablaré de algunas cosas:

Masticadores

Pasan los años y mi relación con la muerte ha cambiado. Ya no es una posibilidad lejana. Ahora soy consciente que siempre estuvo por aquí, más presente. Comienzo a sentirla una conocida, su cercanía no alcanza el nivel de la amistad. Aún.

No es mi muerte la que me acecha, sin embargo. Es la que comienzo a gestar en mi interior para repartir con generosidad.

—¡Qué tremendo! —dirá Luis moviendo su cabezota tosca.

—Esto es un drama —corroborará Juana entre suspiros.

En el rincón, una versión de mí, una copia de la niña que pude ser, se estremece de furia.

Alarmados por los gritos de Guillermo —un niño de cinco años apenas, ignorante de la copia que somos— los adultos se han precipitado en el cuarto azul. Han corrido escaleras arriba y ahora, apoyados en el marco de la puerta, resoplan fatigados. Además de Luis y Juana, quienes llegaron primero…

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cartas, by Verónica Boletta

Las cartas, cualquiera sea su formato hasta el muy moderno correo electrónico, atraviesan épocas; nos cuentan historias. Contémonos a través de ellas:

MasticadoresVenezuela&Colombia Editor: Jerónimo Alayón

Southampton, 1° de abril de 1912

Ana, amada mía:

Zarparé pronto. Te escribo soñando que estás a mi lado, leyendo estas líneas a medida que las escribo, descansando tu mano en mi brazo, tu cabeza en mi hombro. Tras la desilusión primera eres tú quien debe compartir esta alegría. Las puertas del Titanic se cerraron para mí. Si hubieses visto la aglomeración en la explanada, aquellos hombres desarrapados ofreciendo trabajar a bordo para poder hacerse a la mar, soñar con América. Estuve entre ellos, también desamparado, sin tu cariño. No recibí explicaciones (¿o sí?) de la negativa. Confieso que la barrera idiomática no juega a mi favor. Intento aprender el idioma. Sé algunas palabras, las usuales, las cotidianas. Y hago bien mi trabajo. Conoces el celo con el que acometo mis empresas. Pero, Ana, ¡ay! soy italiano. Apenas menciono mi procedencia me relacionan con el anarquismo. Y esta gente, quienes…

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Esto también es literatura

Hacer la película

Quienes enseñan valiéndose de alegorías quedan a merced de libres interpretaciones. Sabe Dios de Jesús, sus parábolas y la variación y variedad de cultos que se sostienen sobre los mismos (¿?) textos sagrados. En nuestra más prosaica realidad, Borges sentaba la importancia del receptor en Pierre Menard, autor del Quijote. Llámese lector en el caso de textos, espectador si de obras visuales se trata, las obras descubren nuevos sentidos, se estrenan y actualizan cada vez. Poco importan las intenciones de sus autores, sus motivos e impulsos. El origen, el punto cero, es sólo una coordenada. La siguiente sucesión de puntos traza el camino y éste no depende (o poco, muy poco) del autor.

En alguna vieja entrada conté la devoción de mi madre por el ballet. Vuelvo a aquellos años de mi infancia con un único canal de televisión transmitiendo en blanco y negro de 17 h a 0 h. Créanme. Hubo un tiempo no muy lejano en que las opciones se reducían a encendido o apagado, rústico sistema binario de unos y ceros trasladado a la realidad sin touchscreen. En esos años de disciplina espartana el horario de protección al menor me enviaba a la cama sin atenuantes ni protestas excepto (a cada regla, su excepción) las inocentes noches de ballet carentes de palabras inapropiadas o insinuaciones de sexo, ¡faltaba más! En estas noches de té en hebras, pijama, cisnes y don Quijote me hice devota de Maya Plisétskaya.

Antes de los reglamentarios catorce que indicaban las tabulaciones sugeridas por las autoridades de la censura mamá juzgó que mi madurez habilitaba el ingreso al cine en su compañía. Me hice grande de la mano de títulos como Bodas de Sangre, con Gades y Saura sacando chispas de García Lorca, Será justicia, curiosa traducción de The verdict con Newman y Rampling y (música de suspenso) la película de título esquivo cuyos únicos datos eran ballet, Maya y un tren. Años después disfruté el Bolero de Ravel a modo de consuelo mientras intentaba localizar la película extraviada. En mi cerebro, rumores de aquel film me atropellaban como el tren envuelto en una luz roja que destruía la figura de la bailarina en el primer plano de mi pantalla.  

El jueves pasado, una mención a Isadora Duncan en los prometedores capítulos iniciales de la novela El sexo es mi lenguaje reavivó mi búsqueda. Tras un estimulante encuentro del taller de cine semanal concluí que con los fuera de campo y las insinuaciones recortadas montamos nuestra propia película. Decidí no dar nada por sentado y repasar uno a uno y fotograma a fotograma los films  de la Plisétskaya. Comencé por Anna Karenina. La suerte estuvo de mi lado.

Para mi sorpresa el tren era un personaje de mi imaginación; la luz roja anunciaba la presencia de Godunov y el infierno que desataba. Una importante miopía, diagnosticada uno o dos años después de aquellos eventos, y una imaginación a prueba de sentidos deficientes me impulsaron a dirigir esta versión propia, originalísima e intransferible, de la película protagonizada por una bailarina que sucumbe atropellada por un tren. La búsqueda fue una excusa, mi propia alegoría enamorada de los errores. El viaje no estuvo mal.

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