Vendehúmo

Vendehúmo amplía su alcance

Amigos del mundo, de tierras lejanas y también de las cercanas, mi poemario Vendehúmo ha comenzado a rodar por las rutas que lo depositarán en sus dispositivos. Su nuevo formato e-book le da alas —la similitud con el eslogan de cierta bebida energizante no ha sido premeditada—.

Se encuentra alojado en la plataforma Bajalibros.com, sitio al que los invito para darle apoyo y mimo. No dudes. ¡Vamos! ¡Vamos! Dejá de dar vueltas y acercate a la poesía. Compras clickeando AQUÍ.

 

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Esto también es literatura

Hacer la película

Quienes enseñan valiéndose de alegorías quedan a merced de libres interpretaciones. Sabe Dios de Jesús, sus parábolas y la variación y variedad de cultos que se sostienen sobre los mismos (¿?) textos sagrados. En nuestra más prosaica realidad, Borges sentaba la importancia del receptor en Pierre Menard, autor del Quijote. Llámese lector en el caso de textos, espectador si de obras visuales se trata, las obras descubren nuevos sentidos, se estrenan y actualizan cada vez. Poco importan las intenciones de sus autores, sus motivos e impulsos. El origen, el punto cero, es sólo una coordenada. La siguiente sucesión de puntos traza el camino y éste no depende (o poco, muy poco) del autor.

En alguna vieja entrada conté la devoción de mi madre por el ballet. Vuelvo a aquellos años de mi infancia con un único canal de televisión transmitiendo en blanco y negro de 17 h a 0 h. Créanme. Hubo un tiempo no muy lejano en que las opciones se reducían a encendido o apagado, rústico sistema binario de unos y ceros trasladado a la realidad sin touchscreen. En esos años de disciplina espartana el horario de protección al menor me enviaba a la cama sin atenuantes ni protestas excepto (a cada regla, su excepción) las inocentes noches de ballet carentes de palabras inapropiadas o insinuaciones de sexo, ¡faltaba más! En estas noches de té en hebras, pijama, cisnes y don Quijote me hice devota de Maya Plisétskaya.

Antes de los reglamentarios catorce que indicaban las tabulaciones sugeridas por las autoridades de la censura mamá juzgó que mi madurez habilitaba el ingreso al cine en su compañía. Me hice grande de la mano de títulos como Bodas de Sangre, con Gades y Saura sacando chispas de García Lorca, Será justicia, curiosa traducción de The verdict con Newman y Rampling y (música de suspenso) la película de título esquivo cuyos únicos datos eran ballet, Maya y un tren. Años después disfruté el Bolero de Ravel a modo de consuelo mientras intentaba localizar la película extraviada. En mi cerebro, rumores de aquel film me atropellaban como el tren envuelto en una luz roja que destruía la figura de la bailarina en el primer plano de mi pantalla.  

El jueves pasado, una mención a Isadora Duncan en los prometedores capítulos iniciales de la novela El sexo es mi lenguaje reavivó mi búsqueda. Tras un estimulante encuentro del taller de cine semanal concluí que con los fuera de campo y las insinuaciones recortadas montamos nuestra propia película. Decidí no dar nada por sentado y repasar uno a uno y fotograma a fotograma los films  de la Plisétskaya. Comencé por Anna Karenina. La suerte estuvo de mi lado.

Para mi sorpresa el tren era un personaje de mi imaginación; la luz roja anunciaba la presencia de Godunov y el infierno que desataba. Una importante miopía, diagnosticada uno o dos años después de aquellos eventos, y una imaginación a prueba de sentidos deficientes me impulsaron a dirigir esta versión propia, originalísima e intransferible, de la película protagonizada por una bailarina que sucumbe atropellada por un tren. La búsqueda fue una excusa, mi propia alegoría enamorada de los errores. El viaje no estuvo mal.

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Eden no es el Paraíso by Verónica Boletta

Fantasmas del horror y del ayer:

masticadores/Sur

Introdujo su mano en el bolsillo interior del saco. Sus dedos sabían qué buscaba. El dr. Abramovich, desde la butaca contigua, meneó la cabeza y le preguntó con voz apenas audible:

—¿Otro más? Apenas pasaron cinco minutos.

Fischer encendió el cigarrillo pese a la crítica . No valía la pena responder. Ya vería si el aire de las sierras era saludable como decían. No habría mayor prueba que poner a punto sus pulmones.

Movió los labios en dirección a Abramovich sin emitir sonido. El otro asintió como si el mensaje hubiese llegado. Cualquier intento de diálogo era imposible. El ruido en la cabina lo impedía. El pequeño avión temblaba en el cielo.

Rotenberg agitó sus manos en el aire como quien corre una cortina.

No se dio por aludido. Fumar era su última contención, una vía de escape. Si a duras penas había soportado el viaje en avión desde Buenos…

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Otro crimen quedará sin resolver

Un acertijo botánico;

masticadores/Sur


By Verónica Boletta

¿Cómo cometer el crimen perfecto? Perdón. Me dejé llevar por el arrebato. Voy a precisar mi pregunta. ¿Cómo asesinar sin ser descubierto? Leí por allí que no había mejor lugar para ocultar un cadáver que un campo de batalla. Pues bien, estoy en ello.

Lo ideal —pienso mientras barajo opciones— es que no parezca un asesinato sino algo de lo más natural. «Se murió porque llegó su hora»,  —dirán los mentecatos y seguirán  tan campantes con su vida. En segundo lugar, si no fuese posible esa primera chance, ¡qué parezca un accidente! Finalmente, en el peor de los casos, si salta a la vista el crimen, que no se me vincule a él en absoluto.

Estos pensamientos me ocupaban, me consumían. Tracé mil planes. Mi coartada más elocuente es mi inmovilidad. ¿Quién sospecharía de mí? No hago nada. No ocasiono trastornos. Paso inadvertida. Si hasta ella, e-l-l-a

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